miércoles, 7 de noviembre de 2012

Hábitos intelectuales y Educación ¿Qué relación existe?


Araceli Jara Cotrina
Hablar de hábitos intelectuales actualmente es poco común en la sociedad, este problema tal vez es producto del oscurecimiento que ha tenido el tema en cuestión en la época moderna, que en último término ha conducido a hablar o a centrar el análisis del estudio de los hábitos en el ámbito volitivo de la persona humana, es decir, se ha visto el estudio de los hábitos desde la voluntad en cuanto buenos (virtudes) o malos (vicios), que además es objeto de estudio de la moral. Sin embargo, autores como Leonardo Polo, Juan Sellés, - en los que estará basada la presente investigación- han dedicado muchas páginas de sus libros para hablar de este tema. En tal sentido, la presente investigación tiene por finalidad conocer la naturaleza de los hábitos intelectuales y su respectiva relación con la educación de la persona. Para ello se tendrá en cuenta: la naturaleza de los hábitos, la formación de los hábitos, la facultad a la que afecta, su diferencia con las virtudes y finalmente cómo se relaciona con la educación.
En primer lugar, “los hábitos y virtudes son perfecciones intrínsecas de la esencia humana1. Por tanto, los hábitos hacen referencia a la perfección intrínseca de la facultad a la que afecta; siendo así, estas potencias sólo pueden ser dos: la razón y la voluntad. En tal sentido, los hábitos intelectuales perfeccionan a la Inteligencia y las virtudes a la voluntad, tal como lo solían llamar los clásicos. Gracias al hábito y a la virtud, las potencias humanas pueden crecer de modo irrestricto e inmanente y no arbitrario.
Respecto al estudio de los hábitos y las virtudes, Sellés haciendo referencia a Polo menciona que se ha tratado en tres períodos durante la historia de la filosofía2: al período griego se le atribuye el descubrimiento de los hábitos y de las virtudes –aunque hayan dado mayor importancia al estudio de los hábitos intelectuales- constituyen una perfección intrínseca; el período medieval, por su parte, se ha centrado en los hábitos morales (virtudes) y han caracterizado al hábito como una cualidad que pertenece a la esencia humana y que perfecciona por dentro, finalmente en el período moderno, se ha olvidado la naturaleza de los hábitos y ha traído graves consecuencias como por ejemplo concebir a los hábitos como costumbres, disposiciones e inclinaciones, etc.
El hábito racional, es “el conocimiento del acto racional”, lo que suele llamarse también, el “darse cuenta” de nuestros actos cognoscitivos. Para mejor entender esta definición, Sellés propone un ejemplo: no es lo mismo el acto de juzgar por medio del cual se conoce que “el escrito es interesante”, que aquél otro acto por el cual me doy cuenta que juzgo. El segundo conoce el acto, no “lo interesante del escrito” o cualquier otra realidad. El acto de conocer “lo interesante del escrito” no es “lo interesante del escrito”, que es el objeto conocido. Pero el acto de conocer por el que conozco que con un acto conozco “lo interesante del escrito”, no es el primer acto, sino otro referido a aquél, pues ese acto que conoce el objeto también se conoce. El conocer el acto, sin embargo, no es posterior al ejercicio del acto, sino a la vez y, además, condición de posibilidad del mismo. Se conoce la operación cuando se ejerce. Pero como la operación no es autointencional, ya que se agota conociendo su objeto propio, en este caso “lo interesante del escrito”, se conoce a la vez simul que se ejerce dicho acto, pero con otro acto que es más acto, a saber, un hábito3.
En educación suele utilizarse el término metacognición, para referirse a la conciencia del conocimiento que uno tiene y a la habilidad para comprender, controlar y manipular procesos cognitivos individuales. Sin embargo, no es lo mismo metacognición que hábito, pues, la primera hace referencia al acto de tomar conciencia de lo que conozco y lo segundo hace referencia al acto por el cual me doy cuenta que soy consiente de lo que conozco.
A continuación se presenta un cuadro que permitirá reconocer que es un hábito y que no es un hábito para mejor entenderlo, este cuadro está realizado según la distinción que nos ofrece Sellés4 cuando trata de distinguir el hábito de las manías, costumbres, virtudes, inclinaciones, etc.

HÁBITO NO ES
HÁBITO ES
Costumbre
- Comportamiento adquirido a raíz de una repetición de acciones físicas.
- Las costumbres dependen del pasado.
- Una perfección intrínseca de las potencias humanas susceptibles de un crecimiento irrestricto.
- Los hábitos no son sensibles ni corpóreos.
- Los hábitos y virtudes son sin tiempo.
- Los hábitos no son sustancia ninguna, pues no pertenecen al compuesto hilemórfico y tampoco son ninguno de los accidentes.
- Los hábitos y las virtudes son siempre adquiridas y carecen de soporte orgánico, lo que no sucede con las facultades sensibles.
- Los hábitos modifican las inclinaciones, las educan y potencian a las buenas; mitigan o niegan a las malas.
- Los hábitos son si movimiento físico.
- Los hábitos actualizan la esencia humana a la que están abiertas naturalmente las potencias espirituales.
- Los hábitos son manifestaciones del acto de ser del hombre en la esencia humana, pues éste no es físico.
Manía
- Modos de comportamiento que no mejoran a la persona.
Inclinación
- Ésta es natural y conlleva ciertos cambios somáticos
Movimiento
- Un proceso, una tendencia, un interés, este es el caso de las costumbres e inclinaciones.
Cualidad
- Determinaciones del sujeto en orden a la naturaleza, si los hábitos son de las potencias y estas forman parte de la esencia humana, no se puede encuadrar dentro de la categoría física de la cualidad.

Cabe señalar que “los hábitos no sólo dicen relación a los actos, sino fundamentalmente a la potencia o facultad. Son medio entre la potencia y el acto”; (…) la relación que existe es de perfección, “el hábito es perfección de la potencia”. Es una perfección intrínseca, entitativa de la propia facultad”. El hábito permite el crecimiento de las posibilidades de la facultad. La vuelve más capaz, abierta a más cosas y por tanto más libre. La perfecciona sacándola de indeterminación. Es la misma potencia la que crece5.
Se puede señalar entonces que las facultades no pueden crecer sin los hábitos, pues necesitan de ellos para realizar actos u operaciones: “La facultad crece en cuanto que tal merced a los hábitos. Estos añaden una nueva capacidad para la potencia que la incrementa a ella misma. Crecer como potencia implica tener una capacidad de realizar actos u operaciones más altas que las que podía realizar antes del crecimiento. Sin los hábitos, la facultad no podría conseguir eso sencillamente porque es un principio finito, pero por ellos puede desarrollar una operatividad infinita porque no tiene límite en su crecimiento, dado su carácter espiritual, y al no tenerlo, cada vez que crece es más capaz para desarrollar operaciones superiores6.
Por otro lado, cabe señalar que los hábitos aunque perfeccionan las facultades humanas, haciéndolas crecer no se pueden identificar con ella: “La persona vista desde el conocer es denominada núcleo del saber. Los hábitos adquiridos son de la persona, no son la persona; por eso por más que el hábito sea la perfección del hombre; la esencia del hombre (gracias a los hábitos) es la perfección de su naturaleza, pero no la de cada quien”7. Siendo así, entonces ¿quién es el sujeto de los hábitos? El término sujeto es utilizado por los medievales y este hace referencia no la persona humana, sino a “aquella facultad o potencia que es susceptible de crecimiento perfectible como facultad o potencia”8. Las potencias capaces de hábitos son -como se ha mencionado anteriormente- sólo dos: la inteligencia y la voluntad. Por tanto, los sentidos tanto externos como internos y los apetitos concupiscibles e irascibles en el hombre no son sujetos de hábitos sino sólo potencias o inclinaciones susceptibles de educar y encausar, la razón es: su dependencia orgánica, es decir una potencia orgánica no puede crecer de modo irrestricto, porque de una u otra forma esta limitada y depende de la materia. Sin embargo, las potencias superiores aunque necesitan que las potencias inferiores le suministren información para conocer, sus operaciones (actos) son puramente espirituales e inmanentes, y por lo mismo, no tiene límites su crecimiento. Cabe mencionar aquí, que existe una jerarquía una estrecha relación en el conocer, estas son –a saber- conocimiento sensible (propio de los sentidos externos e internos), conocimiento racional (inteligencia) y conocer personal; es decir, el conocimiento superior es el conocer personal, por tanto los demás son medio para este.

Ahora veamos, Cómo se forman los hábitos. En primer lugar, hay que saber que Tomás de Aquino, cuando habla de hábitos intelectuales, los divide en teóricos y prácticos. Así, los teóricos “se forman cuando se conoce una cosa que no tiene vuelta de hoja, cuando se topa con la evidencia. En ese caso el hábito se forma ipso facto, sin ninguna repetición de actos; es decir, de una vez por todas9. Desde que uno sabe qué es abstraer, por ejemplo, sabe con claridad qué es abstraer, y no tiene dificultad ninguna respecto de abstraer cuando quiera. Se ha adquirido el hábito, una perfección intrínseca de la inteligencia, con un sólo acto. Clarificar enteramente qué es el acto de abstraer conlleva que tal acto transmuta en hábito, de modo que siempre que se abstraiga se cuenta con el hábito, es decir, que la inteligencia ya es perfecta “a tope” en ese orden, en el orden de abstraer. Ya no se puede crecer más, porque ya se ha conocido la abstracción, por así decir, en un 100%10. Totalmente lo contrario sucede con los hábitos intelectuales prácticos que “no se adquiere con un solo hábito y en el que se puede mejorar”11. Así por ejemplo no se puede afirmar que una persona es prudente al 100% porque este es un hábito distinto al de la abstracción (teórico).
En el caso de la voluntad, las virtudes se forman “merced al apoyo de la persona, a base de repetición de actos. ¿Por qué? porque así como el entendimiento topa con la evidencia, la voluntad jamás en la presente situación topa con la felicidad completa que la satura, de modo que no se pueda volver atrás, decaer en su querer”12
Por lo tanto, la inteligencia teórica tiene mayor facilidad para formar hábitos que la inteligencia práctica y la voluntad. En tal sentido, conocer que se está conociendo según hábito teórico, y el conocer que se está conociendo según el hábito práctico no pueden ser de la misma índole, porque versan sobre asuntos conocidos distintos.
¿Cómo se relacionan los hábitos intelectuales con la Educación?, En primer lugar, el término educación proviene de dos voces latinas. Educare, que significa conducir, guiar, y educere que significa sacar fuera, criar. Los dos términos latinos se complementan en toda acción educativa; “la educación implica tanto el cuidado y la conducción externa, como la necesaria transformación interior. Exige una influencia, que siempre provendrá del exterior, como un proceso de maduración, que sólo puede llevar a cabo el propio sujeto que se educa”13. La educación, siempre se refiere al hombre, es un proceso humano, encierra necesariamente la orientación a un fin, y este fin implica siempre una mejora, un perfeccionamiento. Todo ser humano busca y tiende a la perfección, en tal sentido, la Educación, tiene por finalidad ayudar en el perfeccionamiento de la naturaleza humana, busca que cada educando se desarrolle plenamente y se integre positivamente en la realidad en la que vive.
La educación es la “integración de la actividad de enseñar con la acción de aprender cuando ésta tiene carácter formativo, es decir, implica creci­miento perfectivo para el que aprende”14. Existen factores externos que enseñan, pero no educan, así por ejemplo los medios de comunicación, no educan, ni forman, porque su influencia en la conducta humana puede ser negativa o positiva, además no hay intención de educar, ni tampoco contacto directo del educador con el alumno para prestarles ayuda personal a sus inquietudes y problemas. La educación implica tanto el cuidado y la conducción externa, como la necesaria transformación interior.
Las potencias racionales, al ser enteramente espirituales, son las más susceptibles de formarse intrínsecamente, las demás potencias sensitivas sirven para propiciar la formación de las espirituales. “hablando con rigor sólo a ellas le corresponden enteramente los hábitos y o virtudes, tomándolos en sentido completo y pleno. La educación intelectual versa sobre formación de virtudes intelectuales o teóricas de la inteligencia, y la educación moral es el campo de la formación de las virtudes éticas, morales o prácticas de la voluntad”15. Si embargo, siendo la inteligencia y la voluntad objeto de la enseñanza y núcleo decisivo de la formación humana, no son el primer referente de la acción educativa; pues las potencias superiores requieren un desarrollo proporcionado de las potencias inferiores para poder operar en plenitud16.
No nos podemos olvidar que la formación humana es integral, pues la persona es “una unidad en su ser; unidad que se opera mediante sus potencias que se articulan en su actuación”17. Por tanto, la formación humana abarca la dimensión: estética, afectiva, moral e intelectual, conectadas e integradas entre sí, sino, no cabe hablar de verdadera educación.
Cabe mencionar también que siendo la formación humana integral, ésta se da desde la razón (entendiendo a la razón como facultad integradora de la inteligencia y voluntad), pues es la facultad superior de la naturaleza humana. En tal sentido, lo que se persigue es que el que aprende entienda y quiera a la vez los que hace. No es que se quiera dar primacía a la inteligencia, sino que los actos de la voluntad están íntimamente relacionados con los del intelecto: “El intelecto mueve a la voluntad, puesto que el bien que el intelecto aprehende es el objeto de la voluntad y la mueve a titulo de fin”18 .
Sin embargo, aun estando relacionados los actos de la inteligencia y de la voluntad, cuando se incide en la educación de la inteligencia, se denomina formación de hábitos intelectuales y cuando se incide en la voluntad, se denomina formación de virtudes, que como vimos en párrafos anteriores se dan de modo distintos. Así cuando se habla de educación como formación de virtudes se pretende, en este sentido “ayudar a formar virtudes es la finalidad de la enseñanza en la medida que pretenda ser educativa, pues a través de ellas el ser humano crece en la posesión de sus actos, lo que constituye la médula de su perfeccionamiento personal. La formación de hábitos operativos buenos o virtudes con la ayuda de la enseñanza es la esencia de la educación; y siendo las virtudes perfec­ciones intrínsecas de las potencias humanas, la educación se realizará según la capacidad de actualización de éstas19.
La estrecha relación entre hábitos y educación está en que “la educación es formación de hábitos. El ser humano se adueña de sí mismo mediante sus actos. Su perfeccionamiento no es una cualidad adventicia, sobrevenida a golpes o estirones de las potencias, como el crecimiento corporal en la adolescencia. El ejercicio continuo y constante de las acciones adecuadas conforman las potencias y acrecientan su poder. No se trata de meras costumbres rutinarias, que permiten hacer las mismas cosas del mismo modo, sino de los hábitos, que abren la posibilidad de afrontar nuevos quehaceres desde la solidez de una conducta estable, regida por el sujeto agente”20. En consecuencia, la educación se define como: “la acción recíproca de ayuda al perfeccionamiento humano, ordenado intencionalmente a la razón, y dirigido desde ella, en cuanto que promueve la formación de hábitos éticamente buenos”21
Finalmente, en la presente investigación se ha llegado a la siguiente conclusión: El único ser compuesto susceptible de perfección intrínseca es la persona humana, pues, es la única que no está determinada, sino que necesita perfeccionarse y crecer. Este crecimiento se logra a través de los hábitos intelectuales y de las virtudes y éstos a su vez están estrechamente relacionados con la educación. Educar propiamente no consiste en dar conocimientos o contenidos, tampoco en adoctrinar modos o formas de comportarse, sino más bien en suscitar hábitos intelectuales y virtudes en la voluntad. Educar consiste en ayudar a perfeccionar las facultades propiamente humanas y estas a saber, son la inteligencia y la voluntad, contribuyendo así a la realización plena de la persona humana.

BIBLIOGRAFÍA

  • ALTAREJOS, Francisco; NAVA, Concepción. (2004) “Filosofía de la Educación”. Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra. 2° Edición.

  • GILSON, Étienne (2002). “El tomismo: Introducción a la filosofía de Santo Tomás de Aquino”. Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra. 4° Edición.

  • SÉLLES Juan. (1999) “Hábitos y Virtud II”. En Cuadernos de Anuario Filosófico. Nº 66. Pamplona: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra,.

  • SELLÉS, Juan. (1996) “Hábitos Intelectuales según Polo”. En Cuadernos de Anuario Filosófico, Nº 29. Pamplona: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra.

  • SELLÉS, Juan. “Hábitos, Virtudes, Costumbres y manías”. En “Educación y Educadores, N° 1. Pamplona: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra.
1 SELLÉS, Juan. Hábitos y Virtud II. En Cuadernos de Anuario Filosófico. Nº 66. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, Pamplona 1999.p.2
2 Cfr. SELLÉS. Hábitos Intelectuales según Polo. p.1017
3 SELLÉS, Juan. Hábitos, Virtudes, Costumbres y manías, p. 5
4 Ibídem, pp.1y2
5 Ibídem, p. 6
6 Ibídem, p. 7
7 SELLÉS, Juan. Hábitos Intelectuales según Polo, p.4036
8 SELLÉS, Juan. Hábitos y Virtud II, p. 8
9 Ibídem, p. 10
10 Cfr. Ibídem, p. 11.
11 Ibídem, p. 11.
12 SELLÉS, Juan. Hábitos, Virtudes, Costumbres y manías……p. 6
13 MEDINA Rubio, R. y otros. Teoría de la educación social. Pág. 32.
14 ALTAREJOS, Francisco. Filosofía de la Educación. EUNSA. Pamplona. 2004, p. 197
15 Ibidem, p. 199
16 Cfr. Ibidem, p. 198
17 Ibidem, p. 199
18 GILSON. Étienne. El tomismo: Introducción a la filosofía de Santo Tomás de Aquino. Ediciones Universidad de Navarra. 4° Edición. Navarra. 2002, p. 316
19 ALTAREJOS, Francisco. Filosofía de la Educación, p. 197
20 Ibidem, p. 30
21 Ibídem, p. 31.

sábado, 30 de junio de 2012

¿Es posible Educar la Voluntad?


Araceli Jara Cotrina
Resumen
       La educación de la voluntad es una tarea ardua que implica paciencia y constancia tanto del que educa como del que es educado. Supone además, la intervención de unos elementos necesarios: la motivación, el esfuerzo y la práctica de algunas virtudes. Así, una persona con voluntad bien educada será eficaz y constante en querer el bien, tenaz frente a las dificultades, y capaz de gobernar y encauzar sus pasiones. En la educación de la voluntad también se hace necesaria la colaboración de los padres, especialmente en la niñez y adolescencia, hasta que poco a poco cada uno adquiera la responsabilidad de la auto-educación.
Palabras clave: educación, voluntad.

Abstract
The education of the will is an arduous task that implies patience and witness so much of the one that it educates like of the one that is polite. Besides, it supposes the intervention of a few necessary elements: the motivation, the effort and the practice of some virtues. In this way, a polite person will be effective and constant to do good thinks, tenacious to confront the difficulties, and capably of governing and channeling his passions. In the education of the will also the collaboration of the parents becomes necessary, specially in the childhood and adolescent; until that step by step each one acquires the responsibility of the auto-education.

Key words: education, will.

Introducción
En la sociedad actual, el “homo sapiens” -aquel que se rige por la inteligencia y la voluntad- está siendo superado por el “homo sentimentalis”. Esto es, el hombre que valora el sentimiento, los gustos, las sensaciones, los placeres, etc., por encima de la razón y la voluntad. En efecto, mientras la sociedad necesita con urgencia cimentar virtudes en sus vidas, paradójicamente se promueven corrientes de materialismo y hedonismo, que llevan a la persona a una vida cómoda y superficial dejando de lado el esfuerzo por alcanzar ideales.
Por otro lado, “la ley del mínimo esfuerzo”, que se concreta en la ausencia del sentido de responsabilidad, orden, constancia, etc., está superando a la educación de la voluntad y por tanto, se presenta un reto para todo educador y especialmente para el profesional de la enseñanza: ser capaz de educar la voluntad de los alumnos y enseñarles a optar por ideales grandes, que den sentido a sus vidas.

Educación
La educación se refiere siempre al hombre. Es un proceso humano que encierra necesariamente la orientación a un fin y este fin implica siempre una mejora, un perfeccionamiento. Todo ser humano busca y tiende a la perfección y la educación tiene por finalidad ayudar en el perfeccionamiento de la naturaleza humana; busca que cada educando se desarrolle plenamente y se integre positivamente en la realidad en la que vive. Educar es “desarrollar armónicamente todas las facultades específicamente humanas” (Morales.1987, p.40).
La educación en su raíz terminológica “implica tanto el cuidado y la conducción externa, como la necesaria transformación interior. Exige una influencia, que siempre provendrá del exterior, como un proceso de maduración, que sólo puede llevar a cabo el propio sujeto que se educa” (Medina. 2001, p.32).

La voluntad
Pero, ¿Qué es la voluntad? , ¿Es posible educarla? El ser humano no solo tiene una capacidad que le lleva a conocer y juzgar la verdad, sino que también quiere y elige aquello que conoce. Este objeto conocido y percibido por la inteligencia se denomina bien y es el objeto propio de la voluntad. Sin embargo, elegir el bien no es fácil, pues, aunque los entes son bienes en sí mismos (bienes ontológicos), algunos no son convenientes, es decir, no ayudan a perfeccionar a la persona sino que la deterioran. Por ello, a la elección de un bien precede el conocimiento de ese bien.
La voluntad es la facultad de querer el bien. Etimológicamente proviene del latín “voluntas-atis” que significa querer. Sin embargo, es preciso distinguir entre querer y desear, pues, muchas veces se utilizan como sinónimos. Tanto el desear como el querer se ponen en movimiento a partir de un conocimiento previo. Son actos distintos, el primero es sensible y el segundo es espiritual o intelectual y se dirigen al bien de manera distinta. El deseo tiende al bien sensible, percibido e imaginado, mientras que el querer tiene por objeto un bien inteligible.
La voluntad es "un apetito racional. (…) todo apetito es sólo del bien. La razón de esto es que un apetito no es otra cosa que la inclinación de quien desea hacia algo. Ahora bien, nada se inclina sino hacia lo que es semejante y conveniente. Por tanto, como toda cosa, en cuanto que es ente y sustancia, es un bien, es necesario que toda inclinación sea hacia el bien” (S. Th. I-II, q. 8 a. 1).
Si la voluntad se dirige siempre hacia el bien. Conviene, entonces conocer qué es el bien. El Diccionario de la Real Academia lo define como “aquello que en sí mismo tiene el complemento de la perfección en su propio género, o lo que es objeto de la voluntad, la cual ni se mueve ni puede moverse sino por el bien, sea verdadero o aprehendido falsamente como tal”. Lo que hace inferir que el bien es el objeto de la voluntad aunque nos equivoquemos eligiendo. Pues, nadie quiere o ama el mal, sino que lo elige en cuanto lo percibe como bien.
Para que la voluntad realice una buena elección del bien, se hace necesaria la intervención de la inteligencia. Pues, no se quiere lo que no se conoce. En consecuencia, la voluntad quiere lo que antes ha sido considerado por la inteligencia como bueno. Así lo menciona santo Tomás “lo aprehendido bajo razón de bien y de conveniente mueve a la voluntad como objeto” (S. Th. I-II, q. 9 a. 2).
Las potencias racionales, al ser enteramente espirituales, son las más susceptibles de educarse intrínsecamente, las demás potencias sirven para propiciar la formación de las espirituales, pues,  “hablando con rigor sólo a ellas le corresponde enteramente los hábitos y las virtudes, tomándolos en sentido completo y pleno. La educación intelectual versa sobre formación de virtudes intelectuales o teóricas de la inteligencia, y la educación moral es el campo de la formación de las virtudes éticas, morales o prácticas de la voluntad” (Altarejos. 2004, p. 199). Sin embargo, cabe destacar que siendo la inteligencia y la voluntad objeto de la enseñanza y núcleo decisivo de la educación humana, no son el primer referente de la acción educativa; pues las potencias superiores requieren un desarrollo proporcionado de las potencias inferiores para poder operar en plenitud (Altarejos. 2004, p. 199).
Así pues, no nos podemos olvidar que la  educación humana es integral, pues la persona es “una unidad en su ser; unidad que se opera mediante sus potencias que se articulan en su actuación” (Altarejos. 2004, p. 199). Por tanto, la formación humana abarca la dimensión: estética, afectiva, moral e intelectual, conectadas e integradas entre sí, sino, no cabe hablar de verdadera educación. “La educación debe cultivar al hombre en todas sus coordenadas sin excluir ninguna, abarcar todos sus meridianos, incluir todos sus paralelos” (Morales. 1985, p. 403),

Educación de la voluntad
Para educar la voluntad también se debe tener en cuenta que los actos de la inteligencia y de la voluntad –como se mencionaba en párrafos anteriores- están íntimamente relacionados. Por tanto, lo que se persigue es que el que aprende entienda y quiera a la vez lo que hace. Sin embargo, aun estando relacionados los actos de la inteligencia y de la voluntad, la educación de cada una se denomina de modo distinto: cuando se incide en la educación de la inteligencia, se denomina formación de hábitos intelectuales y cuando se incide en la voluntad, se denomina formación de virtudes, pues, difieren en el modo de adquirirlas.
Así, cuando se habla específicamente de educación de la voluntad lo que se pretende es ayudar a adquirir virtudes, y ésta “es la finalidad de la enseñanza en la medida que pretenda  ser educativa, pues a través de ellas el ser humano crece en la posesión de  sus actos, lo que constituye la médula de su perfeccionamiento personal. La formación de hábitos operativos buenos o virtudes con la ayuda de la enseñanza es la esencia de la educación; y siendo las virtudes perfec­ciones intrínsecas de las potencias humanas, la educación se realizará según la capacidad de actualización de éstas” (Altarejos. 2004, p. 197).
Una persona con voluntad bien educada será eficaz y constante en querer el bien, tenaz frente a las dificultades, y capaz de gobernar y encauzar sus pasiones. Allí radica su importancia. Pues, “a una voluntad constante nada se resiste. El tímido se hará decidido y audaz. El apático se convierte en activo. El carente de iniciativa y responsabilidad, aguzará su ingenio, intentará soluciones atrevidas” (Morales.1987, pp.242-243).
Y ¿Cómo educar la voluntad? Educar la voluntad no es una tarea fácil, pues, no solo depende de quien educa, sino también de quien es educado. Además, se trata de un proceso gradual y progresivo: “una voluntad recia no se consigue de la noche a la mañana. Hay que seguir una tabla de ejercicios para fortalecer los músculos de la voluntad, haciendo ejercicio repetidos y que supongan esfuerzo” (Aguiló. 2001, p. 130).
A continuación, se proponen cuatro principios que favorecen de modo eficaz en la educación de la voluntad:
La Mística de Exigencia: es planteada desde el interior del sujeto como una forma de hacer progresar al hombre en su proyecto como persona. Se pretende que el joven desarrolle aquellos valores profundos que lleva dentro, impulsándole siempre de acuerdo a su capacidad hacia lo máximo. Se caracteriza por ser razonada, flexible y amorosa. “Si al joven se exige poco, no da nada. Si se le exige mucho, da más”.
El Espíritu Combativo: es la actitud interior de lucha consigo mismo, para no dejarse vencer por el mal e ir tras el bien. Esto supone esfuerzo constante para vencer las dificultades y alcanzar pequeñas victorias sobre las pasiones; implica, también, aprender a perder el miedo al fracaso, pues, lo esencial no es la victoria sino la lucha tenaz. Ayuda el siguiente lema: “si no avanzo, retrocedo”.
El Cultivo de la Reflexión: tiene por finalidad enseñar a pensar con profundidad; no  se trata solo de transmitir conocimientos, por eso se estimula al educando a descubrir la verdad de las cosas por sí mismo. Tiene tres fases: observar (ver), enjuiciar (juzgar) y actuar (transformar la realidad). La reflexión sólo nace y se mece en la cuna del silencio.
La Escuela de Constancia: este es el principio que directamente incide en la educación de la voluntad, en la capacidad para querer el bien. Consiste en tomar una determinación e ir tras ella sin interrumpirla. Se logra: queriendo pocas cosas, siendo concientes del esfuerzo que supone toda meta por pequeña que sea, teniendo paciencia para ir poco a poco y con confianza en uno mismo. Esto es posible, cuando se es capaz de: “No cansarse nunca de estar empezando siempre”.
Para que estos principios sean eficaces es necesario que se den interconectados, de lo contrario se puede perder su significado educativo.
Existen, además, unos elementos que ayudan o favorecen la educación la voluntad; estos son: la motivación, el esfuerzo y la práctica de virtudes (especialmente la fortaleza, constancia, prudencia, templanza, orden, tenacidad, entre otras).
Así pues, el querer de la voluntad es un querer motivado, o impulsado por un interés o motivo. Todo aquello que desde nuestro interior nos mueve a hacer, a pensar, a decidir, esta movido por una motivación que puede ser intrínseca, extrínseca o trascendental. Por tanto la voluntad necesita razones para adherirse a un determinado bien.
La motivación está constituida por todos los factores capaces de provocar, mantener y dirigir la conducta hacia un objetivo. En tal sentido, “los agentes motivadores son los que ponen en marcha la voluntad y la hacen realidad, fácil, bien dispuesta; capaz de superar las dificultades, frenos y cansancios propios de ese esfuerzo. Motivación, por tanto, es ver la meta como algo grande y positivo que podemos conseguir (Rojas. 1996, p.20).
Los grandes proyectos y empresas se logran con mucha dosis de motivación y esfuerzo. “Estar motivado significa tener una representación anticipada de la meta, lo cual arrastra a la acción. De ahí emerge buena parte del proyecto personal que cada uno debemos tener” (Rojas. 1996, p.22). Así pues, una fuerte y clara motivación es el mejor punto de partida para educar la voluntad. Aunque, al principio, el camino sea siempre áspero y costoso.
La motivación es esencial, también, en el proyecto personal, hace que “sea argumental, que tenga un carácter programático, elaborado por una sucesión de pequeñas superaciones, sobre las que la voluntad se va fortaleciendo, acrisolándose, haciéndose madura. El individuo con este tipo de voluntad sabe lo que quiere y pone de su parte lo necesario para ir poco a poco consiguiéndolo” (Rojas. 1996, p.29).
Por otro lado, cabe considerar que “una voluntad reflexiva, decidida, enérgica y constante sólo la transmite el educador que la posea. No podrá adquirirla ni, por lo tanto, transmitirla a otros, si no clava sus ojos en un gran ideal. Las pequeñas, pero constantes renuncias son el precio que hay que pagar para alcanzar una voluntad adornada con esas cualidades. No pueden hacerse esas renuncias con continuidad sin un gran amor, un gran ideal” (Morales, 1985, p. 415).
El segundo elemento que no debe faltar en la educación de la voluntad es el esfuerzo. Éste es “el impulso vigoroso y definitivo que hace posible al hombre convertir en realidad sus proyectos” (Tierno. 1994, p. 103). Una persona que se esfuerza mejora, se perfecciona cada vez más. Es capaz de afrontar la vida con sus dificultades tratando de resolverlas aunque le cueste sacrificio grande o pequeño. Esforzarse por hacer lo mejor aunque algunas veces no se consiga lo que nos proponemos, implica una gran capacidad de aceptación. No cabe duda, pues, que el esfuerzo es un elemento importantísimo en la educación de la voluntad. Pues, una persona con voluntad es aquella que a base de esfuerzo y de tenacidad, consigue siempre lo que se propone si sus objetivos son realistas.
El esfuerzo es muy importante, pero, ¿por qué nos esforzamos? Esforzarse por esforzarse no tiene sentido, nos esforzamos por algo que vale la pena, cuando encontramos impedimentos para lograr nuestros objetivos; “nos esforzamos en definitiva, ante valores descubiertos, en proceso de interiorización” en la interiorización de un valor se distinguen cinco etapas: 1° descubrirlo, 2° aceptarlo, 3° preferirlo, 4° comprometerse con él, 5° organizar la vida en función de ese valor. (Otero, 2002, p. 53).  Estas etapas, se dan en todos los valores que interiorizamos los cuales nos ayudan a crecer como personas y a perfeccionarnos.
Tierno (1994, p. 105), sugiere unas pautas para lograr una fuerte voluntad: Primero, formular el propósito de forma positiva y no emplear expresiones como “lo intentaré”, sino “voy a hacer tal cosa AHORA, y hacerla, sin más”. Segundo, fijarse objetivos y propósitos posibles y medibles, evaluando en qué medida lo hacemos realidad. Tercero, tener claro que tú eres el único responsable; no culpes a otros. Cuarto, ayúdate con ejemplos vivos de fuerte voluntad. Y quinto, felicítate, prémiate, concédete recompensas tras cada logro, tras cada esfuerzo y acto de voluntad.
La voluntad es educada básicamente en el seno de la familia. Los valores se adquieren en la convivencia familiar. “Los padres han pasado a ser los protagonistas de la formación de sus hijos” (Corominas, 2004, p. 16).
Es importante, que los padres eduquen en el esfuerzo, enseñando sobre todo a luchar y no siempre a triunfar, primero consigo mismo y luego con las dificultades exteriores. Pues, como dice Martín Descalzo “No es grande el que triunfa, sino el que jamás se desalienta” (Tierno. 1994, p. 108). En consecuencia, “al ser humano desde niño se le debe enseñar y convencer de que ha nacido para triunfar, para progresar; que está organizado y bien capacitado para el éxito, para vencer, pero la primera victoria la ha de librar consigo mismo” (Tierno. 1994, p. 112). Por tanto, la voluntad crece con el ejercicio de las virtudes; es decir, con la repetición de hábitos operativos buenos.
Conclusión
Finalmente, respondiendo a la pregunta inicial se puede decir que si es posible educar la voluntad. Sin embargo, no es una tarea fácil, implica  determinación, firmeza en los propósitos, solidez en las pequeñas metas, no desanimarse ante las dificultades, teniendo en cuenta que  todo lo grande exige renuncia; todo esto requiere una paciencia infinita del estudiante así como del educador, pues, la educación de la voluntad dura toda la vida.  Por otro lado, se debe considerar también, la personalidad propia de cada educando –no todos responden al mismo ritmo-; por tanto, los cambios se van dando en función de la persona a quien se educa. En la educación de la voluntad también se hace necesaria la colaboración de los padres, especialmente en la niñez y adolescencia, hasta que poco a poco cada uno adquiera la responsabilidad de la auto-educación.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Ø      Aguiló, A. (2001) Educar el carácter (6° Ed.) Madrid: Editorial ediciones Palabra.
Ø      Aquino, T. (2001). Suma Teológica. Volumen II, Parte I-II (4° Ed.) Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos (BAC).
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Ø      Corominas, F. (2004) Cómo educar la voluntad (10° Ed.) Madrid: Editorial ediciones Palabra.
Ø      Medina, R.; García, L.; Ruiz, M. (2001) Teoría de la educación social. Madrid: UNED.
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Ø      Morales, T. (1971) Forja de Hombres. (4ª ed.) Madrid: Ediciones Cruzadas de Santa María.
Ø      Otero, O. (2002) Educar la voluntad, (2° Ed.). Madrid: Editorial ediciones internacionales universitarias, S. A.
Ø      Real Academia Española (1996) Diccionario de la Lengua Española. (21ª ed.). Madrid: Editorial Espasa Calpe, S.A.
Ø      Rojas, E. (1996) la conquista de la voluntad: Cómo conseguir lo que te has propuesto. (4ª ed.). Madrid: Editorial Temas de Hoy.
Ø      Tierno, B. (1994) Valores Humanos. Volumen III. (4° Ed.). Madrid: Editorial: Taller de Editores.
            

lunes, 7 de noviembre de 2011

La Dignidad del Embrión Humano


Araceli Jara Cotrina

Resumen
El embrión humano es el resultado último de la fusión del gameto masculino (espermatozoide) con el femenino (óvulo); en ese instante empieza el ciclo vital de un nuevo ser. El embrión es persona humana, no en potencia, sino en acto. Posee dignidad desde el instante de la concepción, tiene un ser excelente y autónomo, en sí mismo. Tiene en sí todas las potencias listas para desarrollarse y llegar a la plenitud de su ser personal. Por tanto, merece ser reconocido, respetado, amado y tratado como tal.
Palabras clave: embrión humano, dignidad, persona.

Abstract
The human embryo is the last result of the merger of the masculine gamete (sperm) with the feminine (ovum); in this instant it begins the vital cycle of the new being. The embryo is a human person, not potentially, but is in act. It have dignity from the instant of the conception, it has an excellent and autonomous being, in itself. The human embryo has in itself all ready capacities to develop and achieved the fullness of its personal being. Therefore, it deserves to be recognized, respected, loved and treated as such.
Key words: Human embryo, dignity, person.

Introducción
En la actualidad, se ha creado muchos debates en torno a la vida humana y la bioética y muy específicamente se ha centrado en la realidad del embrión humano; existen por ejemplo, investigaciones científicas, proyectos legislativos o medias políticas referentes al origen de la vida humana relacionadas con: las manipulaciones genéticas, experimentos con embriones humanos, utilización de células madres embrionarias, etc. En las que el  concepto  de  persona  humana  y  dignidad  ha perdido  sus bases  filosóficas  y  antropológicas,  adquiriendo  una nueva definición, basada en intereses personales o políticos. Así, a la persona humana  se  le  ha quitado  su  categoría  de  persona  porque aún  no  ha  nacido  o  porque  tiene  una  enfermedad que le puede dificultar o impedir desplegar todas las cualidades  y  características  inherentes  al  ser  personal.
Así pues, en la sociedad relativista actual en que el significado de persona humana se ve resquebrajado, se hace necesario hablar de dignidad de la persona y por tanto, del embrión humano.
La presente investigación pretende dar una fundamentación ontológica de la dignidad, incidiendo en el valor inalienable de la vida humana en su primera etapa. Para lograr este objetivo, se tendrá en cuenta los siguientes aspectos: la definición de embrión humano, el significado de persona humana y finalmente se hablará de la dignidad humana con su respectiva fundamentación.

El Embrión humano
El embrión humano posee un estatuto biológico. El ciclo vital del ser humano se inicia a partir de una célula única: el cigoto, formada por la unión del óvulo con espermatozoide, que tras un proceso de desarrollo específico da lugar a la formación de un individuo humano adulto.
El inicio de la vida de un nuevo ser humano se da con la fusión de los gametos humanos: el espermatozoide y el óvulo, a través de un proceso natural de fecundación o a través de otros medios que alcancen a formar una realidad biológica a partir de la cual se pueda desarrollar un ser humano adulto, tal es el caso de la fecundación artificial.  
 LÓPEZ Natalia, sostiene que “la fecundación no es un “instante”, sino un proceso que dura horas, y solo tras la constitución del cigoto, al final del proceso de fusión de los gametos, se establece la identidad genética del nuevo individuo. Sea como fuere, la forma y el modo como ha llegado a la vida, engendrado o por fecundación artificial, cada cigoto vivo es un ser humano, con el carácter personal propio y específico de todos los individuos de la especie humana. El ciclo vital tras la concepción tiene un comienzo y un final definidos. Y a lo largo de su existencia cada uno requiere, de distinta manera y con intensidad diferente, la interacción con el medio donde se desarrolla, que obviamente es el seno materno, nada fácil de sustituir por ningún otro”.[1]
Existen posturas que afirman que el embrión, “hasta su implantación en el útero materno no es persona o ser humano, sino tan solo un conjunto de células, un mero material biológico”[2]. Esta postura es una concepción reduccionista del embrión humano, para dar lugar, al uso instrumental del mismo. Así bajo esta concepción se viene utilizando al embrión como material de experimentación para cualquier fin, o manipulado con fines ajenos a su propio bien. “la biología muestra cada vez con mayor evidencia que el embrión no es una simple yuxtaposición de células o un conglomerado celular. Como todo ser vivo, posee una unidad intrínseca en donde las partes están en función del todo en orden a vivir y con la posibilidad de transmitir vida”.[3]
El desarrollo embrionario presenta unas propiedades o características que permiten evidenciar la unidad intrínseca del embrión, estos son: la coordinación, la continuidad, gradualidad, autonomía e interactividad.[4]
a) Coordinación.- consiste en que todo proceso del desarrollo embrionario es consecuencia de una sucesión de actividades moleculares y celulares dirigidas por el mismo embrión. Es la capacidad de autorregular su desarrollo en una dirección, con capacidad de autogobierno biológico propio. Por tanto, el embrión no es un conglomerado de células.
b) Continuidad.- nos indica que el desarrollo embrionario forma un todo, mostrando una evolución sin quiebras en todas sus fases, tanto a nivel morfológico como molecular. Los cambios se dan de modo gradual, con una rigurosa unidad en la totalidad. Cada paso depende del anterior, de tal forma que el sistema, cuando existen las condiciones internas y externas adecuadas, desarrolla sus inmensas potencialidades según una finalidad ontogénica y un plan unificador intrínseco.
c) Gradualidad.- el desarrollo embrionario se realiza de modo gradual, así, los rasgos que caracterizan a un ser vivo se configuran en el curso del desarrollo, desde la fase de cigoto hasta la forma final.
d) Autonomía.- el embrión posee una independencia en su desarrollo; hasta que no se fija en la pared del útero materno está situado fuera de la madre desde un punto de vista biológico. La madre proporciona el ambiente necesario para el desarrollo del embrión, pero el embrión tiene autonomía propia.
e) Interactividad con el medio.- la capacidad de interacción muestra un todo orgánico que posee una unidad y responde al ambiente desde él mismo, cuando un conglomerado solo mostraría respuestas independientes y sin orden entre sí.
Todas estas características nos permitirán más adelante fundamentar la dignidad del embrión humano.

Significado de persona humana
El término persona está relacionado con la noción de lo prominente o relevante, es decir con la idea de dignidad. Con este término se subraya “la nobleza de aquello de lo que se predica”.[5] Procede del verbo latino «personare», que significa resonar, hacer eco, sonar con fuerza. Pero la raíz de este significado se halla en el término griego prósopon, que significa: “aquello que se pone delante de los ojos”, era una máscara utilizada por los actores en el teatro para hacer más sonora la voz del actor, así la voz del personaje sobresalía, se hacía oír; la máscara también servía para identificar a los personajes en la acción teatral. De aquí la derivación de persona como per se sonans, es decir quien posee voz por sí mismo. Y consecuentemente, la definición propia del Derecho Romano para quien la “persona es sujeto de derecho e incomunicable para  otro”.[6]
BOECIO, filosofo de la época medieval, definió el término persona como: Substancia individual de naturaleza racional”[7]; esta definición es eminentemente ontológica, pues, hace referencia a dos aspectos fundamentales del ser personal: una realidad individual-subsistente y un modo de ser específico, de naturaleza racional (categorías filosóficas procedentes del aristotelismo).
La definición de BOECIO, se puede expresar de la siguiente manera: La persona es substancia, es decir, posee en sí mismo el ser que además es incomunicable (el ser que tiene cada uno no puede pasar a otro); al decir sustancia individual, se quiere expresar la unidad en el ser, la persona es un ser no dividido y como tal se distingue de los otros individuos de la misma especie; y al referirse a naturaleza racional, se quiere expresar su esencia como principio de operaciones, que le hace capaz de conocer y poseer la realidad y además, capaz de tomar decisiones.
Por otro lado, el personalismo ontológico, valiéndose del método fenomenológico, describe a la persona humana desde dos planos: uno ontológico: la persona es sustancia individual, cuyo ser es incomunicable, aunque se abre intencionalmente a toda la realidad; y subsiste como substrato último y raíz de las operaciones y actos libres; y otro dinámico- existencial: que implica un crecimiento del ser personal. La persona se determina a través de sus acciones libremente asumidas, no es solo lo dado, sino también lo que “todavía” no es, es decir, lo que puede llegar a ser cuando despliegue existencialmente su libertad. La persona es, pues, unidad sustancial de  cuerpo y alma racional con notas características propias: es un ser racional, con voluntad, con una capacidad de amar y de apertura al otro, etc.      
Existen unas notas características propias de la persona humana, que son una manifestación de su ser personal:
La corporalidad: que sin duda, es el signo primero para el reconocimiento de un alguien. A este propósito se advierte que la persona humana se nos hace presente a través del cuerpo, el cual está provisto de su misma singularidad. Esta corporalidad nos hace posible estar en el mundo y entablar relaciones dentro de él. Es el instrumento a través del cual el espíritu humano se lo comunica al exterior.
La Autonomía: Desde la perspectiva metafísica, la nota autonomía es la subsistencia del ser personal. Tiene su base en la incomunicabilidad. Es entendida básicamente como el principio de sus propias acciones.  La autonomía confiere una especial dignidad, según la cual el hombre se siente sujeto, es decir, realidad distinta y superior al mundo de puros objetos que lo rodea; la manifestación más alta de la autonomía es la capacidad de poseerse y  gobernarse a sí mismo, es hacer buen uso de la libertad.
La Apertura: La persona humana necesita relacionarse con el exterior para poder vivir; relacionarse con el mundo objetivo como principio de comunicación personal y relacionarse con la trascendencia como posibilidad de llegar a entender el sentido que la vida y la realidad tienen.
La apertura en cuanto nota constitutiva de la esencia de la persona se fundamenta en la propiedad denominada relacionalidad; según esto, la vida humana se encuentra orientada en dos direcciones fundamentales y complementarias: “hacia dentro y hacia fuera”. Hacia dentro en cuanto, la persona busca ansiosa la comprensión de sí misma; reflexión, auto conocimiento, silencio, alegría, creatividad, entre otros. Y hacia fuera es el camino de la excentricidad, exterioridad; cultura, trabajo, comunicación, participación, exterioridad.
La Unidad: el hombre no es solamente alma espiritual, sino un compuesto de alma y cuerpo. La condición personal se manifiesta a través de la totalidad. En la metafísica tradicional la persona es entendida como totalidad. En esta visión, la relación que se establece entre los principios constituidos del hombre, alma y cuerpo, encuentra su sentido en función de la composición de ambos principios.
Cabe señalar que estas notas características son una manifestación del ser personal, pero no son la persona en sí misma. Por eso, algunas de ellas, el embrión las posee en potencia.

Dignidad humana
La palabra dignidad, “constituye una especie de preeminencia, de bondad o de categoría superior, en virtud de la cual algo destaca, se señala o eleva por encima de otros seres, carentes de tan excelso valor”.[8] En concordancia con el término persona, se puede considerar redundante, pues, vienen a significar lo mismo. Hablar de persona equivale a hablar de dignidad.
KANT, lo exponía de la siguiente manera: "la humanidad misma es una dignidad, porque el hombre no puede ser tratado por ningún hombre (ni por otro, ni siquiera por sí mismo) como un simple medio o instrumento, sino siempre, a la vez, como un fin; y en ello estriba precisamente su dignidad (la personalidad)”[9].
La dignidad personal descansa en un valor ontológico, que es connatural a la persona. Nace del valor intrínseco de la persona, de quién proceden los deberes y derechos naturales y que se reconoce porque es previa a todo reconocimiento jurídico. La dignidad humana no se basa en un acuerdo o consenso entre los hombres
La dignidad humana se fundamenta en lo que el hombre «es», es decir, en su modo de ser, lo cual indica, que tiene una esencia específica (naturaleza humana). Por tanto, la persona humana es digna por el simple hecho de ser un individuo de la especie humana. La dignidad humana como tal, no es un logro, ni una conquista, sino una verdad del modo de ser humano; lo que sí se puede conquistar es el re-conocimiento por parte de la sociedad del valor y dignidad de la persona humana. En tal sentido, “La dignidad tiene que ver más con la interioridad de la persona que con los resultados que obtenga; con la singularidad ontológica irrepetible, que la caracteriza, que con el alto nivel de calidad de vida que pueda obtener, por muy elevado que éste sea”.[10]
La dignidad, calificada como “ontológica o constitutiva, irrenunciable e inadmisible, que permanece a todo hombre por el hecho de serlo y se halla indisolublemente ligada a su naturaleza racional y libre”[11]. Desde este punto de vista, todos los hombres, incluso, hasta el más depravado tienen estricto derecho a ser tratados como personas. La dignidad ontológica, nunca se pierde. Es en este fundamento, en el que se asientan todas las notas características de la persona humana.
Para la tradición cristiana la única forma de afirmar la dignidad incondicionada de la persona humana es el reconocimiento explícito de que el hombre está creado a imagen y semejanza de Dios, es decir, tiene un fin sobrenatural, una vocación divina inscrita en lo más profundo de su ser: está llamado a la comunión eterna. En este contexto, la Gaudium et spes afirma categóricamente: “la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios”. Es tanta la dignidad del hombre, que es la "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma".[12]
La dignidad humana, como venimos diciendo, deriva de su índole de persona, imagen y semejanza de Dios y que se manifiesta en su actuar libre. Esta dignidad nunca se pierde y es igual para todos los hombres, ni siquiera el peor malhechor la pierde, aunque tenga el peor castigo. Sin embargo, es preciso señalar, que existe también una dignidad moral que depende del uso que se haga de la libertad. Se trata de una dignidad “añadida”, “complementaria” que se deriva del carácter libre del hombre. Ésta si se puede perder.
De todo lo citado en este apartado se puede deducir que el fundamento último de la dignidad se encuentra en “la peculiarísima relación que une al hombre al Absoluto. De hecho, cuando se ha querido prescindir de esa relación, convirtiendo al hombre en principio único y fundamento pleno de sí mismo, se ha desembocado en la más clara negación teórica de la dignidad humana y en los más netos abusos y atentados contra esa misma nobleza”.[13] Muchos atentados en torno a la vida humana en el presente siglo, son claro ejemplo de las múltiples aberraciones en relación a la persona; por ejemplo: los miles de abortos practicados, las prácticas de eutanasia, los experimentos con embriones, las nuevas técnicas de procreación artificial, etc.

Dignidad del embrión humano
Hemos hablado de una dignidad ontológica o constitutiva, que pertenece a todo hombre por el hecho de serlo y se halla totalmente ligada a su naturaleza racional y libre.
Desde el punto de vista científico, parece hoy demostrado que desde “el instante mismo de la fecundación, se instaura una nueva vida, dotada de un dinamismo propio e intrínseco y por tanto, perteneciente a sí misma, y no al padre o a la madre. Evidentemente, las relaciones de dependencia de este nuevo ser con respecto medio –en este caso, el seno materno- son extraordinarias, hasta el punto de que, sin las aportaciones de la madre, esa nueva vida se extinguiría”.[14]
La dependencia del embrión humano, a la madre, es circunstancial, temporal, no ontológica. Pues, posee un ser autónomo, en sí mismo y no en el ser de la madre; es una sustancia individual, distinta de la entidad sustancial de la madre, no es un accidente; es un ser único e irrepetible, valioso por sí mismo, con todas las potencialidades de una persona humana, aunque todavía no manifieste plenamente una actuación autónoma. Este hecho se puede comprobar de modo contundente, -como dice MELENDO- en la fecundación in vitro: “el embrión no constituye un apéndice de la madre, por el sencillo hecho de que también puede desarrollarse, en sus primeras etapas, en un medio de cultivo exterior al organismo materno”[15]. Por tanto, el embrión humano es un ser autónomo en su ser, pero, dependiente de un medio adecuado para su sobrevivencia. El fundamento de esa autonomía radica en que no es solo cuerpo (parte material), sino, también espíritu (alma espiritual) que hace partícipe del ser al cuerpo y los dos constituyen un solo ser en una unidad íntima.
Así pues, el ser humano desde su concepción tiene un ser excelente y autónomo, tiene en sí todas las potencias listas para desarrollarse y llegar a la plenitud de su ser personal. En su mismo ser está esa potencialidad o virtualidad que se actualizarán plenamente si se ponen las condiciones necesarias para la realización de su proyecto humano. Por tanto, nadie ni nada debe interponerse a este desarrollo natural de su ser que se impone y exige ser respetado.
Otro aspecto que la ciencia demuestra, es que en “el desarrollo que se lleva a cabo desde el momento de la fecundación hasta el nacimiento, no existe quiebra alguna por la que pudiera admitirse un cambio en la condición de sujeto de ese despliegue; en otras palabras, en el genotipo del cigoto está ya contenida la identidad biológica del individuo adulto y , en cierto modo, la fuerza radical que hará en el pequeño conjunto de células derivado de la fragmentación del cigoto se desarrolle hasta alcanzar el estado de embrión, feto, neonato e individuo adulto”[16]. En este sentido, el genetista Jérome Lejeune hace la siguiente afirmación: “Aceptar que después de la fecundación un nuevo ser ha comenzado a existir no es ya una cuestión de gusto o de opinión (…) no es una hipótesis metafísica, sino una evidencia experimental”.[17] En consecuencia, se puede afirmar que la ciencia experimental solo puede conocer el cuerpo humano y no la verdad sobre el ser personal del hombre, que solo puede ser conocida a la luz de la filosofía, y en cierta manera también de la teología, con sus medios cognoscitivos propios, así como haciendo uso de los datos que ofrecen las ciencias experimentales.
“La ciencia no puede sustituir a la filosofía y a la revelación, dando una respuesta exhaustiva a las cuestiones fundamentales del hombre, como las que atañen al sentido de la vida y la muerte, a los valores últimos, y a la naturaleza del progreso mismo. La ciencia, aunque es generosa, da sólo lo que puede dar. El hombre no puede poner en la ciencia y en la tecnología una confianza tan radical e incondicional como para creer que el progreso de la ciencia y la tecnología puede explicarlo to­do y satisfacer plenamente todas sus necesidades existenciales y espirituales”.[18]
El embrión humano es persona y, por lo mismo, digno desde el instante de la concepción, y como persona posee una naturaleza racional; pues si bien es cierto su cuerpo no está todavía plenamente desarrollado y no se manifiesta como humano -en los primeros meses de vida-, pero posee una alma espiritual perfecta, que todavía no se expresa al exterior con plenitud porque necesita de un cuerpo desarrollado para ejercitar su inteligencia y su voluntad libre; pero es precisamente su alma racional la que le hace ser persona. Si el ser humano no tuviera alma espiritual, no existiría una diferencia esencial entre su ser y el de los demás seres existentes del mundo material.
No es válido afirmar que el embrión humano es persona solo en potencia, así lo afirma PARDO: “El embrión no es un hombre en potencia sino un ser humano en acto. No es una persona potencial, sino que es actualmente una persona humana  con potencialidades todavía no actualizadas. Lo que está en potencia es el desarrollo de unas facultades, pero no el sujeto de tales facultades”.[19] Por tanto, toda persona no nacida, desde el mismo instante de la concepción, debe ser respetada y valorada en su ser.
Conclusiones
·        Al hablar de Persona humana, inmediatamente, se hace referencia a su dignidad que lo eleva, lo hace superior y trascendente a los demás seres creados. Ésta tiene un fundamento ontológico en el que se asientan todas las notas características de su ser personal.
·        El embrión es persona humana, no en potencia, sino en acto. Posee dignidad desde el instante de la concepción, tiene un ser excelente y autónomo, en sí mismo. Tiene en sí todas las potencias listas para desarrollarse y llegar a la plenitud de su ser personal. Por tanto, merece ser reconocido, respetado, amado y tratado como tal.

Referencias Bibliográficas
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2.     BENEDICTO XVI. Discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias. Revista Palabra “06 de noviembre” 2006 (Nº 516, DP 204:208).
3.     Documentos del Vaticano II. Gaudium et Spes. 43ª Ed. España: Biblioteca de Autores Cristianos; 1991.  
4.     GARCÍA José. Antropología Filosófica: una introducción a la filosofía del hombre. 2ª Ed. Pamplona; Ediciones universidad de Navarra, S. A; 2003. 
5.     LÓPEZ Natalia. La Realidad del Embrión Humano en los Primeros Quince Días de Vida. Persona y Bioética. 2004. ”Enero-Abril”. 
6.     MELENDO Tomás, Dignidad de la Persona. En: Polaino-Lorente A, Director. Manual de Bioética General. 4ª Ed. Madrid: Ediciones Rialp S.A; 2000.
7.     MELENDO, Tomás. Dimensiones de la Persona. 2ª Ed. Madrid: Palabra; 2001.
8.     PARDO José. Bioética Práctica, al alcance de todos. Alcalá, Madrid: Ediciones Rialp. S. A; 2004.
9.     POLAINO-LORENTE Aquilino. Fundamentos de psicología de la personalidad. España: Ediciones Rialp. S. A; 2003.  



[1] LÓPEZ Natalia. La Realidad del Embrión Humano en los Primeros Quince Días de Vida. Persona y Bioética. 2004. “Enero-Abril”. N° 20-21.
[2] AZNAR Justo, PASTOR Luis. Estatuto biológico del embrión humano. En: AZNAR Justo, Coordinador. La vida humana naciente 200 preguntas y respuestas. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos; 2007. p. 21
[3] IBÍDEM, p. 24.
[4] Cfr. AZNAR Justo, PASTOR Luis. Op. Cit., pp. 24-26.
[5] MELENDO Tomás, Dignidad de la Persona. En: POLAINO-LORENTE Aquilino, Director. Manual de Bioética General. 4ª Ed. Madrid: Ediciones Rialp S.A; 2000.p.59
[6] GARCÍA José. Antropología Filosófica: una introducción a la filosofía del hombre. 2ª Ed. Pamplona; Ediciones universidad de Navarra, S. A; 2003. p. 119. 
[7] BÍDEM, p. 120.
[8] MELENDO, Tomás. Dimensiones de la Persona. 2ª Ed. Madrid: Palabra; 2001. p.19.
[9] MELENDO Tomás. Op. Cit., p.67.
[10] POLAINO-LORENTE Aquilino. Fundamentos de psicología de la personalidad. España: Ediciones Rialp. S. A; 2003. p. 50.  
[11] MELENDO Tomás, Op. Cit., p.67.
[12] Documentos del Vaticano II. Gaudium et Spes. 43ª Ed. España: Biblioteca de Autores Cristianos; 1991. Nº 24.
[13] MELENDO Tomás, Op. Cit., p.61
[14] IBIDEM, p. 67.
[15] IBÍDEM, p. 67.
[16] IBÍDEM, p. 67.
[17] IBÍDEM, p. 67.
[18] Benedicto XVI. Discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias. Revista Palabra “06 de noviembre” 2006 (Nº 516, DP 204:208) pp. 208 – 209.
[19] PARDO José. Bioética Práctica, al alcance de todos. Alcalá, Madrid: Ediciones Rialp. S. A; 2004.p.69.